domingo, 21 de agosto de 2011

La Cobija perdida

Me dirijo al norte. La carretera se asemeja a una larga y resplandeciente cinta plateada que se desenrolla como atrapada por los elevados cerros color desierto y el azul interminable del océano Pacífico. Este paisaje se hace más intenso bajo el implacable sol del mediodía y su brillantez amenaza con enceguecerme. Los nombres de Antofagasta, Mejillones, Cobija, Tocopilla y Calama, grabados en mi memoria desde chiquillo, toman un nuevo y real significado. Creo escuchar la melodía de la canción Naval de Bolivia y, casi sin darme cuenta, estoy tarareando: Antofagasta tierra hermosa, Tocopilla, Mejillones junto al mar…

Hace más de 130 años, estos nombres, el desierto, las montañas y el mar pertenecían al Litoral boliviano. A consecuencia de la Guerra del Pacífico en 1879, este territorio pasó a ser parte de Chile y hoy es conocido como la Segunda Región o Norte Grande.

Siempre quise conocer el Litoral, y me alegra tener la oportunidad de visitar lo que un día fue Bolivia. Partí de Antofagasta, una pujante ciudad minera de 360.000 habitantes, y me dirijo a Cobija.

Antes de la fundación de la República de Bolivia, existía un pequeño asentamiento humano en Cobija. Sus habitantes, los changos, eran nativos del desierto y vivían de los frutos que les proporcionaba el mar. En 1587 los españoles fundan un pequeño villorrio con el nombre de María Magdalena de Cobija y el 28 de diciembre de 1825, el libertador Simón Bolívar firma un decreto creando el primer puerto marítimo para la flamante Bolivia. El nombre oficial fue “Puerto de Lamar” en honor del héroe colombiano de las guerras de independencia general José de Lamar. Dos años después, se enarboló por primera vez allí el pabellón boliviano en medio de los vítores de sus pocos habitantes y el estruendo de un cañonazo de celebración proveniente del bergantín francés Lafayette, cuyo capitán formaba parte de la comitiva oficial.

En poco tiempo, Cobija se convirtió en un centro de intensa actividad comercial y la conexión principal con el Pacífico para Bolivia. Minerales, principalmente plata, provenientes de las legendarias minas del Cerro Rico de Potosí eran transportados en enormes carretas arrastradas por mulas para ser embarcados en buques con destino a Europa. Y artículos importados del viejo continente eran llevados para el consumo de los habitantes pudientes del país.

El transporte en mulas era una importante y lucrativa actividad en la región; se estima que en el auge, más de 12.000 mulas trabajaban en la ruta Potosí-Cobija-Potosí. Era común que se llevase equipo industrial pesado adquirido en Europa y América del Norte para el trabajo minero. Esta maquinaria se llevaba en piezas que eran armadas en el punto de destino. No era raro el transporte de pianos y otros muebles para las familias acomodadas de Potosí y Sucre. Un tipo especial de mulas muy fuertes llamadas “pianeras” se encargaban de cargar estos pesados enseres. Caravanas de 40 a 60 mulas atravesaban los 900 kilómetros de Cobija a Potosí en 25 a 30 días.

Cruzar el desierto de Atacama era una proeza. Los “muleros", como se llamaban a estos audaces y sacrificados hombres, tenían que enfrentarse al desierto más árido del planeta. La travesía era tan dura para los animales por falta de agua, que en 1841 se importó 35 camellos para ver si resistían mejor el viaje. Este experimento fracasó porque los camellos sucumbieron a la altura.
El desierto de Atacama es tan árido que en algunos lugares nunca se ha registrado lluvia. El atravesarlo sólo era posible porque se podía hacer descanso en los oasis de Calama y San Pedro de Atacama. Estos pequeños pueblos proveían necesario descanso para los “muleros” y cambio de animales para seguir el arduo trayecto.

Hacia 1862, Cobija era ya un asentamiento reconocido en toda la república, contaba con escuelas, oficina de correos, banco, iglesia y muchos otros edificios administrativos y comerciales. Con el descubrimiento de minas de plata y cobre en la región y la comercialización del guano como fertilizante, la importancia económica y estratégica de Cobija para Bolivia se acrecentó.
En el camino, una señora de unos 70 años y su hija, que están paradas a la orilla del asfaltado, se acercan y me piden que las lleve a Michilla, una nueva mina de cobre a unos cuantos kilómetros por delante. El calor del desierto es sofocante. Les digo que nos dirigimos a Cobija y me miran con incredulidad. Me intriga su reacción, pero la comprendo cuando llegamos: no queda nada en Cobija, sólo las paredes de adobe derrumbadas de lo que un día fueron las casas y los edificios de la capital del Litoral boliviano. Me invade una tristeza infinita al contemplar las ruinas que parecen decrépitas y solitarias sombras de un pasado trágico.

Con el mar en el espíritu

Me encamino hacia el mar; las rocas de la costa son angulosas y de un basalto negro. Me paro en una de las aristas y dejo que el mar llene mis ojos y mi espíritu.

La bahía de Cobija está flanqueada por lomas grises y negras que le dan un aspecto desolado y melancólico. Una roca en el medio de la bahía parece un Illimani en miniatura con la “nieve” en su cima de guano, el estiércol blanco depositado por incontables aves marinas. Este tan preciado fertilizante aun para los incas se acumula sobre las rocas sin ser perturbado.
El sonido del mar me trasporta al pasado, me imagino Cobija en plena actividad, la gente, los ruidos, las casas, los barcos anclados en la bahía, las caravanas de mulas arrastran carretas llenas de plata.

Unas cuantas casuchas de cartón con techos de calamina ensarradas se balancean a unos metros de la playa. Parecen abandonadas, aunque de pronto escucho una voz. Un hombre que aparenta 50 años sale de una de las casuchas y me saluda: “Buenas tardes, amigo”. Es Gilberto, tiene un semblante curtido por el clima agreste del mar y el desierto, pero una mirada gentil. Me asombro cuando me entero de que este hombre tiene sólo 29 años.

Gilberto ha vivido 10 años en la caleta Cobija, donde bucea para recoger almejas y otros crustáceos que luego vende. Una media docena de buzos hace lo propio. “Nadie viene aquí”, dice refiriéndose a mí. Le explico la razón de mi visita y él cuenta que escuchó que Cobija era un puerto importante, pero desconoce que fue parte de Bolivia. Me lleva al derruido muelle construido con rieles de tren. A unos 200 metros descubro algo increíble: una carreta de madera en excelente estado de conservación. ¿Cuántas veces sus cansadas ruedas hicieron el viaje en la ruta Potosí-Cobija-Potosí?

La historia de Cobija está marcada por trágicos eventos, muchos de ellos desastres naturales. En 1868, un maremoto casi borró el pueblo de la faz de la tierra. Y el siguiente año, una epidemia de fiebre amarilla diezmó su población. Cobija fue reconstruida por sus sacrificados y tenaces habitantes, pero con el descubrimiento de los ricos depósitos de plata de Caracoles, cerca de Antofagasta, la importancia de Cobija fue relegada. Luego de la Guerra del Pacífico en 1879, sus habitantes bolivianos se fueron, su iglesia fue trasladada al pueblo vecino de Gatico y la capital del Litoral se convirtió en un pueblo fantasma.

El sol se está poniendo, la brisa marina se siente fría y empieza a oscurecer. Siento una profunda melancolía cuando trato de conservar la bahía de Cobija en mi memoria. Camino hacia la playa, el mar está sereno y refleja el atardecer como un espejo. Recojo de la orilla una piedrecilla negra bañada por las aguas del Pacífico, ella me recordará esta visita a la Capital del perdido Litoral boliviano. Las ruinas de Cobija podrán desaparecer con el tiempo; pero espero que su pasado histórico nunca sea olvidado.


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