jueves, 16 de mayo de 2013

Un viaje a Jota Oco

Volviendo la mirada atrás, uno se pone a pensar en los momentos memorables de la vida. Uno de esos momentos se dio cuando llegué a convertirme en un explorador de tierras lejanas. En el mismo viaje conocí mejor a mi padre, a mi abuelo y a una parte de mi país, que hasta ese momento era ajena a mí.

Como todo joven impetuoso, a los 16 años lo último que yo quería hacer era pasar tiempo con mi familia, especialmente con mi papá. Con tono suave, recuerdo, me tocó en el hombro y me dijo que nos íbamos para mi pueblo, Charazani, y que de ahí iríamos a pie a visitar a mi abuelo a su comunidad. En principio, la idea de pasar tiempo con mi papá sonaba bastante escalofriante, pero el hecho de poder viajar a pie hasta otro lugar pesó más en mi ánimo. Una semana después, en plena vacación de invierno, estaba yo en un camión con destino a la oficialmente llamada Villa Juan José Pérez.

Mi abuelo, maestro rural de toda la vida, se encontraba en la comunidad de Jota Oco, a unas tres horas a pie de Amarete y a unos 220 kilómetros de La Paz. Son más o menos 30 kilómetros los que separan Charazani de Amarete. Eran las 6:00 cuando empezamos nuestra travesía por los caminos de herradura que unen todas las comunidades entre Charazani y Amarete. Poco sabíamos nosotros de caminar de población a población de una comunidad quechua-hablante casi en su totalidad.

La gente en el campo es bastante amigable por esos lados y obtuvimos prueba de esto, pues para evitar que nos perdiéramos por alguna senda un muy agradable señor salió de algún lado y empezó a caminar con nosotros. Nos indicó exactamente cómo llegar a nuestro destino y también comentó acerca de su comunidad. Luego de más o menos unas dos horas de caminata, se despidió indicándonos exactamente cómo llegar a su casa y dijo que deseaba que lo visitáramos en carnavales y que su familia estaría allí para celebrar esas fiestas juntos. Si todos fuéramos tan abiertos con la gente, quizás las cosas serían un pelín diferente, pensé.

Al llegar la tarde, mi papá y yo ya habíamos acabado los cuatro sándwiches que ingenuamente pensamos que serían suficientes para nuestra travesía. Forzados por nuestros estómagos, tomamos un desvío que al parecer conducía a un pueblo. Terminamos, sin embargo, en medio de casas sin calles ni organización alguna. Una señora mayor nos vio y preguntó cómo nos habíamos perdido. O eso fue lo que mi papá entendió, pues la mujer no entendía una sola palabra de castellano. Señalamos con ansiedad unas latas de atún y pronunciamos con insistencia la palabra pan. “¡Ah Lidita!”, dijo ella y señaló unas casas ubicadas unos metros más allá. Cuando llegamos a ese sitio, la persona encargada de la improvisada tienda sonría mucho y nos mostraba uno a uno los productos disponibles: esperaba que alguno de ellos fuera de nuestra preferencia. Señalamos, por supuesto, las latas de atún.

Después de caminar por casi 12 horas, llegamos a la impresionante población de Amarete. Todo parecía salido de un libro de texto. Las casas estaban todas techadas con paja a la manera antigua y la gente usaba las vestimentas típicas del lugar. Allí logramos reponer nuestras vacías cantimploras y, en imperfecto quechua, mi papá logró comprar una botella de papaya Salvietti y pan. Al parecer todos por aquí tenían una bolsa llena de sonrisas y eran bastante amables. “Escuela, escuela, profesor”, dije después de ver que un niño se me acercó y me llamó tío. El niño sonreía y sonreía, pero al parecer no entendía mucho de lo que yo decía. Repetí “profesor” y él acertó a apuntar a un camino de herradura.

Después de tres horas llegamos a Jota Oco, no sin antes pasar por un pueblo fantasma. La comunidad había sido maldecida y tuvieron que mover el pueblo, según nos explicaron después. Es difícil ponerse a discutir acerca de lo que es cierto o no cuando ves todas esas casas de piedra vacías.

Con mi abuelo disfrutamos de las papás k’ati más pequeñas que jamás viera y pasamos la noche arropados con cuero de llama y plástico. Fui a un baño cerca del barranco y un comunario nos sacó una foto que marcó mi vida para siempre. En ese viaje probé un poco de la vida del campo, de la vida del maestro rural y de las tres horas o más de viaje que hacen los niños todos los días para obtener educación, algo a lo que yo accedía a cinco minutos de mi casa. Ciertamente conocer nuestro país, aunque sea un poquito, puede hacernos mucho bien: es cuestión de darnos una oportunidad.


No hay comentarios:

Publicar un comentario