domingo, 24 de julio de 2011

VILLA ALBINA, LA MIMADA DEL REY DEL ESTAÑO

Simón Iturri Patiño tuvo todo lo que quiso. O casi todo. El Barón del Estaño satisfizo muchos de sus deseos. Menos uno: vivir y morir en su casa de campo en el valle cochabambino, en su hacienda Pairumani que guarda la mansión amurallada de 16 hectáreas que mandó construir para su amada esposa: Albina Rodríguez Ocampo, la mujer que lo acompañó en pobreza y riqueza, en malas y buenas.

Se cuenta que cuando el hombre nacido en el pueblo de Santiváñez en 1860 fue de vacaciones junto a su novia orureña de 16 años a esa región situada en las faldas de la cordillera del Tunari, alrededor de 1889, cuando era sólo un empleado de la Hermann Fricke y Compañía, le hizo una promesa bajo un huerto de olivos, al notar que ella quedó cautivada por el paisaje: le regalaría una casita allí para vivir junto a sus hijos.

Poco más de cuarto de siglo después, cuando el ya empresario radicaba en Europa y disfrutaba de su apogeo tras haber descubierto en 1901 la mayor veta de estaño en la mina potosina La Salvadora, cumplió con su compañera y le edificó cerca del huerto de olivos una propiedad que bautizó como Villa Albina, un edén que hoy enamora a los turistas y acoge a la ciencia fitoecogenética en sus ambientes.

El ingreso a este palacio señorial es un camino flanqueado por jacarandas y ceibos, cual si fueran guardianes reales. Los jardines habitados por dos esculturas de mármol con motivos neoclásicos talladas por el francés F. Cavaroc, muestran centenares de especies arbóreas nativas y de confines europeos y sudamericanos, marcadas con sus nombres científicos y comunes para ser presentadas a los visitantes.

La fachada de la vivienda luce lineamientos arquitectónicos europeos y un coqueto color plomizo claro, con puertas y ventanas ornamentadas por el matiz terracota tipo ladrillo. Los balcones tienen hierro forjado y en la parte superior de la puerta principal del ala norte se ve una leyenda: Villa Albina, el sitio a más de 2.500 metros sobre el nivel del mar que fue vetado a Patiño por sus dolencias cardiacas.

El inmueble estilo alemán es el corazón de la hacienda Pairumani, con 200 hectáreas en total. Como dice el biógrafo del potentado minero Charles F. Geddes, era “la niña de sus ojos”. La armó como un rompecabezas, comprando y uniendo propiedades en los años 20 del siglo pasado. Así creó una granja modelo para la que importó animales de pedigrée; para entonces, el mejor centro agropecuario de Bolivia.

El sitio que hoy es administrado por la Fundación Universitaria Simón I. Patiño persigue el sueño productivo de su impulsor. En la finca del municipio de Vinto se implementa un modelo de producción lechera agrobiológica, el mejoramiento genético de alimentos como maíz, haba, arveja, frijol, vainita —cuyos laboratorios se hallan en Villa Albina—, y de semillas que son repartidas a los pequeños agricultores.

La heroína tras el poder

Patiño deseó hasta el fin de sus días caminar por Pairumani e instalarse en Villa Albina, a pesar de todo el esplendor de las mansiones que habitó desde 1912 en Europa: en la Rue Washington, sobre los Campos Elíseos franceses; en la Avenue Foch; el Cháteau Valrose en Cimienz, cerca de Niza; en los peñascos de Biarritz o en las torres del hotel Waldorf-Astoria, en lo alto de Manhattan.

Quería disfrutar del clima benigno de Cochabamba con la mujer que conoció en sus domingos de iglesia y que llevó al altar de la Catedral orureña en 1889. Aquella que empeñó sus joyas por los apuros económicos de su esposo y que por la tozudez de éste por olfatear o escuchar alguna veta mineral en La Salvadora, dejó las comodidades citadinas para acompañarlo a vivir en una casa de piedra que fue levantada en la entrada de la mina.

Según Geddes, Albina fue el sostén del hogar, mientras Simón era el sostén de las empresas. Tenía gustos sencillos y sus primeros regalos “grandes” de matrimonio fueron un coche y un par de caballos para recorrer su natal Oruro. Era la vigilante de la salud de Patiño, quien arriesgaba su alta presión arterial por ser “buen diente” y por sus dos cigarros, dos botellas de vino y una botella de champaña por día.

En el interior del palacio de Villa Albina se respira un aire señorial. Tras pasar la puerta principal del lado norte se encuentra una fuente de agua que es el eje alrededor del cual se muestran las habitaciones finamente decoradas con muebles del denominado “art deco”, de comienzos del siglo XX. Los empapelados vieneses hacen que cada pieza sea una obra artística que no sólo evoca buen gusto, sino historia.

Por la derecha comienza el recorrido. El primer cuarto es una sala de billar convertida en auditorio, con muebles originales firmados por casas comerciales de París, y cortinas fabricadas en Bolivia con tela importada. Otra puerta conduce a un espacio rectangular que expone la bien conservada mesa de billar; es el antiguo salón de música cuyo piano fue llevado al Espacio Patiño de La Paz.

Luego está la sala de visitas. Un arco con un espejo empotrado recibe a la gente, junto con los muebles de marquetería. Un candelabro que parece telaraña le brinda un toque ceremonial. Resaltan un reloj dorado sostenido en el lomo de un par de leones y con dos indígenas que flanquean el escudo de Bolivia, que igual ornamenta una lámpara que tiene inscritos los monogramas de los hijos de Patiño.

El matrimonio tuvo siete retoños, dos murieron de pequeños. Los sobrevivientes fueron René, quien tuvo una vida enfermiza y falleció en 1976; Antenor, que se casó primero con Cristina de Borbón, hija del duque y de la duquesa Durcal, y luego con Beatrice Rivera, exesposa del conde de Rosavenda, y murió en 1981; Graziela, que dejó este mundo en 1980; Elena, que lo hizo en 1942, y Luz Mila, que fue pareja del conde de Boisrouvray y falleció en 1958.

Tras pasar una pequeña sala de estar, se halla el escritorio arriñonado de Albina Rodríguez, con un estante de esquina. Al lado, el cuarto de trabajo de su compañero, que tiene los retratos de la pareja en el frontis, una vista de la entrada de la hacienda y un escritorio “secreter” con cajas que, de acuerdo a si lucen abiertas o semiabiertas o cerradas, activan una clave para acceder a un compartimento secreto.

El salón contiguo estaba destinado a la recreación, con mesas para jugar ajedrez, damas o a la ruleta; arriba, sobresale el candelabro que tiene los cuernos de un alce como armazón, junto a la imagen de una santa trovadora y las iniciales “ARP”, por Albina Rodríguez de Patiño. Siguen el comedor y la sala de reuniones festivas, con lámparas de alabastro y sillas de mimbre, y que tiene salida a la fachada del área sur.

Los Patiño gustaban de las celebraciones, pero no escandalosas. Aparte, querían tener a la familia unida, por ello el empresario no comulgaba con los casamientos de sus hijos por miedo al alejamiento, y si daban ese paso, tenía campo en su hogar para recibirlos junto a sus parejas e hijos. Prueba de ello son los dormitorios del piso superior de Villa Albina, cuyos tapices de muebles tienen monogramas de los cinco.

La alcoba de los padres está en el ala oeste. Las ventanas abiertas de estos espacios sirven de mirador para apreciar la belleza de los jardines y la laguna que posee un puente de madera que conduce a una especie de kiosko en el centro. Cerca de allí, la casa de huéspedes. Al este del edificio, unido a la fuente del patio, las salas que antes cobijaban a la servidumbre y ahora son las oficinas y laboratorios científicos.

Gonzalo Ávila, director de la Fundación del desaparecido potentado minero y del Centro de Investigaciones, informa que Villa Albina es actualmente un importante atractivo turístico, que resalta por su esmerada conservación externa e interna: una persona vigila y cuida el palacio y entre cuatro y cinco se encargan de mimar la vegetación que rodea este sitio.

En 1947, a los 87 años de edad, Patiño falleció en Argentina, sin cumplir su anhelo de volver a disfrutar de su valle cochala. Pero se le hizo un último deseo: ser enterrado en el mausoleo de mármol de Carrara con esculturas de Cavaroc que hizo armar en su hacienda preciada, cuya cúpula guarda una efigie de bronce del Cristo resucitado y aquella piedra moledora de mineral que recuerda su tesón en los “siete años flacos” de sus inicios como minero.
Allí yacen sus restos, los de su querida esposa y algunos de sus hijos, junto al huerto de olivos testigo de su promesa de amor, en el paraíso de Villa Albina.


1 comentario:

DANIEL CONDORI dijo...

NO SIRVIO CASI NADA NO ABISA CM FUERON TRAIDOS LOS MATERIALES Y LAS COSAS